escritos de papel y lapicera

escritos de papel y lapicera
Escribir ficción es un hobby para mi, lo hago esporádicamente y cuando puedo o cuando alguna idea se me transforma en algo tan obsesivo que debo plasmarlo en el papel.

Es cierto que a veces escribo en Word, pero han sido mas las veces en que escribo en cuadernitos pequeños y fácilmente manejables con lapicera de gel negro...

Cariños especiales a todos y mil gracias por visitar mi imaginario!!!


Graciela

domingo, octubre 29, 2006

La casona inglesa

Estaba nervioso y cansado de andar y desandar caminos. Cansado de manejar en ruta y luego por los extraños vericuetos que daba a tientas, tratando de seguir las instrucciones. Y aunque estas parecían muy precisas, no lograba atinar con el camino adecuados.

Cuando ya casi se había dado por vencido, convencido de que nunca podría llegar y que de seguro abría entendido algo mal de las indicaciones, decidió seguir adelante por ese lúgubre camino que pareciera ser el señalado. Luego de un montón de lomos de burro y de que el camino se angostara al ancho de un solo auto, se encontró con un abrupto final, que daba a su izquierda a una pesada tranquera. Tras ella solo seguía un sinuoso camino privado de tierra. Se sintió confundido y dudó si seguir adelante, ya que no deseaba invadir propiedad privada. Luego penso que lo peor que le podría llegar a pasar era que alguien le dijera que se fuera de allí, por lo que decidió arriesgarse, no había ya nada que perder.

Después de un par de curvas por un campo desolado, al que alguien habría tenido la intención de parcelar para uso urbano, proyecto que habría quedado evidentemente sin terminar, se encontró nuevamente frente a otra antigua y pesada tranquera abierta, solo que esta vez a lo lejos se alcanzaba a vislumbrar una antigua casona inglesa.

No sabia en donde estaba, pero el lugar lo había atrapado tanto que deseaba ansiosamente haber llegado al sitio indicado.

Si bien el día estaba espectacularmente soleado y sin una sola nube a la vista, el lugar era puro barro, indicando que habría llovido copiosamente en los últimos horas. Debido a ello no estaba muy seguro si aventurarse hasta donde estaban estacionados una media docena de autos, ya que el suyo no estaba preparado para el campo, era demasiado bajo y temía romperle algo. Maniobró un poco sobre el pasto y lo dejó en donde pudo y así finalmente se aventuró a la casa.

Se sintió indeciso en el momento de bajar sus cosas, ¿y si no era la casa?, en fin, tomó solo su campera, los lentes de sol y el celular, cerró el auto y se dirigió a lo que parecía ser un sendero peatonal, solo por tener la hierba mas aplastada que el resto.

La casa era muy vieja y era una extraña mezcla entre señorial y rústica, tal vez solo sería falta de mantenimiento. Y también, ese techo que salía de la galería, y terminaba en forma redondeada sostenido por varias columnas de hierro, cubiertas por frondosas y glamorosas enredaderas. Mientras el piso de la galería se estiraba en forma de T, donde había unos cuantos sillones de mimbre y madera, formando un lugar encantador para desayunar o para el té de la tarde.

Se veía más atrás una escalera caracol también de hierro, que subía al ala derecha y remataba en un inestable balcón justo en una puerta ventana de la planta alta.
Como a unos cien metros hacia la derecha, alineada a la extensión de la galería se encontraba una suerte de estanque o piscina rectangular, casi sin reborde, un poco más allá unos bancos de madera, situados bajo algunos añosos arboles, tipas de seguro, y aun más lejos un pequeño arroyo serpenteaba juguetón, completando exquisitamente la composición.

La casa tenia una forma simétrica, con una parte central de una sola planta y dos alas laterales de dos plantas en donde el pronunciado techo de chapa, a dos aguas, terminaba abierto luciendo la típica banderola redonda del siglo XIX.
En la parte central este dejaba ver el agua lateral y sobre la cima el típico encaje de metal que lo engalanaba.
El techo de la galería en cambio, nacía de mas abajo, y sin tomar en cuenta la pendiente del principal, bajaba menos y tranquilo, logrando un efecto sumamente acogedor.

En ese momento supe que yo debía vivir allí, o tal vez debí haber vivido. Me sentía tan a gusto como si me hubiera criado allí. Creo que ni podría haber imaginado un lugar tan perfecto en todo el mundo.

La voz de Rodolfo me sacó de mi embeleso.

--¡Juan, menos mal que llegaste! ¡Rosita ya estaba a punto de llamar a la policía! -- dijo con ironía refiriéndose a su cariñosa, pero un tanto pesada, tía abuela. --- Vamos que el asado esta casi a punto y las mujeres están ansiosas por conocerte, parece que serás el niño mimado del fin de semana. ---

Pero nada de lo que mi amigo pudiera decir haría que dejara de sentir la inmensa felicidad que me producía el estar en ese lugar.
Su voz parecía suave, amortiguada por el trinar de los pájaros y el ruido que imaginaba haría el arroyo en su recorrido.
Le conteste algo, charlamos un poco y me tironeó para adentro.

Al entrar, yo esperaba encontrar un ambiente colonial ingles, bastante victoriano, con estampados floreados, cómodos almohadones y encajes por doquier.

El shock fue terrible, la casa había sido varias veces remodelada internamente, supongo que para agiornar los baños, que estaban impecables. Pero en ese intento de modernización, había varios vidrios fijos, conservaban las rejas pero no los postigones, y en el salón lateral que hacia de living, alguien había puesto una enorme chimenea redonda, modernosa, con campana y caño de chapa, que era de un mal gusto inusitado. No cabía duda que yo habría vivido en el jardín.

Después de todo la casa era acogedora, un poco fría, amplia y con un estilo campestre minimalista bastante agradable.

El cotorreo que venia del comedor sonaba a una buena recibida, seguramente, seria un fin de semana que demandaría una gran actividad social y en ese momento de mi vida, justo después de cumplirse escasos dos años de la muerte de Bettina, actividad social en pleno campo, era algo largamente esperado de poder disfrutar.

Al entrar al comedor noté que Matilde, la mujer de Rodolfo, en complicidad con la tía Rosita, habían hecho de las suyas y me habían invitado a un par de mujeres, que no estaban nada mal, por cierto... yo ya me imaginaba que la mano venía onda enganche... son un par de metidas... Pero también sabia que eran bienintencionadas, ya que Matilde se apenaba mucho de verme tan triste y no poder hacer nada para remediarlo. Era justo reconocerle que había esperado un razonable tiempo prudencial. Eso me lleno de ternura, pero la situación en sí se me antojó embarazosa, cosas que uno arrastra, timidez tal vez...

Luego de las presentaciones comenzamos con el aperitivo y charlando animadamente pasamos por el asado hasta el postre. Todo había estado adecuadamente exquisito, Matilde era una mujer de un gusto sumamente refinado y eso lo manifestaba en cada una de las cosas que ella organizaba.

Rosita, por supuesto que había aportado lo suyo, si bien estaba ya muy mayor, aun conservaba ese aire elegantemente aristocrático.

Las dos mujeres que nos acompañaban, eran también encantadoras, pero yo no me sentía de animo donjuanesco y trate de ser suficientemente cortes, dadas las circunstancias, pero sin demostrar demasiado interés en nada ni en nadie en particular.

Cuando nos levantamos para pasar a otro salón para tomar café y licores, yo me escurrí con la excusa de ir al baño. Bien, si pasé por el baño, pero mi objetivo era el jardín...

Cuando me asome a la puerta ventana del salón contiguo, el que funcionaba a modo de hall de recepción, y mire hacia fuera me encontré con una escena verdaderamente paradisíaca.

La glorieta estaba recubierta por una enredadera con delicadas flores amarillas, el sol se reflejaba en el agua del estanque, produciendo extraños flashes de encandilamiento.

Cuando mis ojos se acostumbraron a ese resplandor, la vi, sentada en un sillón de ratan, rodeada de almohadones y absorta en la lectura de un libro que yacía entre sus manos.

Era joven, era hermosa, tenia una abundante cabellera castaña, que recogía graciosamente hacia atrás, dejando sus suaves facciones al descubierto, para luego caer cual cascada sobre sus hombros.

Vestía de blanco en un estilo sumamente romántico... A su lado lograba distinguir un servicio de té individual y más allá un par mas de acogedores sillones... Parecía una estampa del siglo XIX...

Lo curioso es que no recordaba que fueran los mismos que había visto a mi llegada, pero tal vez el cansancio y la ansiedad por llegar, habrían distorsionado la imagen... aunque tampoco me había parecido tan resplandeciente el día, ni había visto el jardín tan cuidadosamente mantenido, como tampoco había visto unas hermosas plantas acuáticas que decoraban el estanque...

En fin, sin duda era que, deslumbrado por la belleza de la casa en sí, no habría prestado suficiente atención al entorno.

Tomé coraje y salí a presentarme, me le acerque lenta y pausadamente y susurre un
--Disculpe, creo que no nos han presentado.--

Entonces ella se volvió graciosamente hacia mí y dijo con voz muy dulce:
--Amor, no había notado tu presencia, ven y siéntate a mi lado, que deseo leerte un poema que me ha prendado. --

Yo me quedé helado. Mire hacia los lados para ver a quien se había dirigido ya que a mi no podría ser, ya que si bien la sentía terriblemente familiar, nunca antes la había visto en mi vida. No vi a nadie mas... me quedé anonadado, creo que con la boca entreabierta como un tarado...

--- Querido, ¿qué te sucede?, si parece que hubieses visto a un fantasma, ven acércate a mí. -- Dijo armoniosamente y me tendió la mano.

Estupefacto como estaba, de seguro me confundiría con alguien, o estaría mal de la cabeza y por eso no me la habrían presentado...

En fin, sin saber bien como actuar, le tendí mi mano y note con extrañeza que en lugar de la polera que traía puesta, vestía con camisa blanca y saco de hilo color hueso. Inmediatamente mire hacia abajo y me vi enfundado en ese extraño traje de hilo, con chaleco y unos rarìsimos e incómodos zapatos blancos, que yo jamas usaría... pero... ¿qué estaba pasando? ¿Estaría soñando?

Si, sin duda me habría quedado dormido en algún sillón, vencido por el estrés del viaje... ¡qué papelón! ¡Y encima soñando!

Cerré los ojos con fuerza, y los abrí sorpresivamente, esperando encontrarme en la sala... pero no, seguía allí... con esa hermosa mujer que parecía que me amaba. ¡Era absurdo! ¡De seguro Matilde me había preparado esta escena surrealista! ¡No cabìa duda, era una charada!

¡Decidí continuarla, no me iban derrotar tan fácilmente...!

Me incliné hacia ella, tomé su mano y la besé suave y cortésmente. Tomé una taza de té y disfrute de ese momento maravilloso.

Luego le pedí disculpas por tener que retirarme y entré nuevamente a la casa, a buscar un par de respuestas...

Busqué por algunas habitaciones y luego escuche las voces provenir del jardín de invierno, me dirigí allí, entré y todos me miraron con extrañeza.

-- ¿Dónde estabas querido? -- Dijo la tía Rosita.

-- Sí, ¿en donde? -- Acotó Rodolfo -- por poco pensamos que te habías ido, pero Matilde nos hizo notar que aun estaba tu auto, por poco salíamos a buscarte con los perros. --

Siempre había sido el mismo exagerado.

-- Paseando por el jardín, es curioso lo que uno puede llegar a encontrar allí, ¿no? -- Dije con un dejo de ironía, y agregué, -- ¿alguien me puede convidar un Cognac, por favor? --

Me alcanzaron un Napoleon y me desplomé en un confortable Berger, al hacerlo baje la vista hacia mis piernas y me encontré vestido, tal y como había llegado al mediodía. Era extraño, tal vez había fantaseado con ese ropaje de época.

Como nadie dijo nada respecto a la chica del jardín, yo ni lo mencioné, así la intriga sería mayor... y con la copa aun en mi mano, me levante y le dije a Matilde si tendría la amabilidad de mostrarme la casa. Verdaderamente estaba ansioso por conocerla de cabo a rabo.

Matilde gentilmente accedió, me tomo del brazo y dijo,

-- Dejemos a este grupo de aburridos y hagamos la visita guiada especial. --
-- Bueno -- asentí, y me dejé llevar.

Recorrimos decenas de habitaciones, interconectadas entre sí, salones, saloncitos, llegamos al gran salón desgraciadamente remodelado y entramos a un saloncito que quedaba a un lado de este.

-- Este es mi lugar preferido de toda la casa. -- Dijo Matilde.

El lugar tenía una escala normal para esta época, unos tres metros por cuatro, mas o menos. Tenia un par de ventanas que daban a la parte trasera del parque y una hermosa chimenea en la pared lateral. Era el primer lugar de la casa que estaba ambientado en concordancia con ella, es decir, un confortable estilo Victoriano.

Era razonable que a Matilde le gustara, era precioso, a mí me cautivo y nos sentamos, sin pensarlo, espontáneamente, en los sillones que bordeaban la chimenea.

Estar allí era tan reconfortante como mi anterior estancia en el jardín, me relaje mientras sorbía lo que quedaba del Cognac, esperando ansioso la triunfal entrada de la muchacha del jardín, o alguna otra sorpresa extraña.

--Creo que este salón fue lo único de la casa que se salvo de ser remodelado. Bueno supongo que han renovado los tapizados y tal vez cambiado algún mueble, pero en conjunto, por lo que sé, sigue igual a cuando ella vivía. --
Y miró por encima de su hombro, señalando un retrato que me había pasado desapercibido hasta aquel momento.

Cuando lo vi mejor me llamo la atención y me pare a verlo con detenimiento. La mujer del retrato tenia un increíble parecido con la chica con la que había conversado en el jardín, hasta su vestido parecía casi el mismo. Estaba en medio de una broma cuidadosamente preparada por Rodolfo y Matilde, no cabía duda.

-- ¡Qué buena pintura! El parecido es increíble. ¿Quién es ella? -- dije todo seguido.

-- Ella es Amelia, la dueña de casa y claro la pintura es un Mannaire. Bueno, en realidad, Amelia Hudson de Alzaga fue la primitiva dueña de esta casa, es decir, Martín de Alzaga, su marido, la construyo para ella, era su refugio, el refugio para su gran amor. Pero decime, ¿a quien decís que se parece? -- dijo mirándome interrogantemente.

-- Es que me pareció ver a una chica en el jardín que se le parecía muchìsimo, y hasta intercambie un par de palabras con ella. ¿Es descendiente de ellos? -- pregunte como si el tema no tuviera importancia.

-- No existe nadie, por lo menos que sepamos, que descienda de ellos. Todos murieron. Es una historia muy triste. -- y Mati se quedo pensativa.

Yo volví a mi asiento en completo silencio y me quedé contemplándola, esperando que siguiera hablando... relatando la historia, a ver como era que seguía la cosa...

Al rato, como quien cuenta un terrible y valioso secreto, continuó.

-- Ellos tuvieron dos hijos un varón y una niña y solían pasar los veranos aquí, con muy poca servidumbre, les agradaba guardar su intimidad... Cuentan que uno de esos días calurosos de enero a los chicos no se les ocurrió mejor idea que bañarse en el arroyo, que al parecer tiene partes bastante más profundas de lo que parece... no se sabe bien que pasó, pero parece que casi se ahogan ambos. La hija se salvó, pero quedo delicada de los bronquios y el varón no sobrevivió. Amelia no se repuso de la muerte de su hijo y dicen que pasaba días enteros encerrada en este cuarto. La hija, Sofía, murió de una neumonía antes de cumplir quince años... Amelia no soportó tanta amargura y se dice que se dejó morir de tristeza. Martín al poco tiempo se quitó la vida, en su casa de Capital y dejo una carta en que pedía a sus allegados que no tomaran a mal su decisión, que él estaría bien y que solo deseaba reencontrarse con su familia. -- calló y me miró con lagrimas en los ojos.

-- ¡Matilde, que historia tan terrible! ¡Pobre gente, que tragedia! Es para una novela gótica, realmente terrible. No debí bromear con ello, pero quedé anonadado. --

Dije medio balbuceando, ya que la charada, se me hacia cada vez más tortuosa e incomprensible. Pero conociéndolos y teniendo en cuenta que sabían cuanto y que profundamente me había afectado la muerte de Bettina, no era raro que crearan una historia de fantasmas... A los dolores se los cura enfrentándolos, decía mi terapeuta.

-- Si, muy trágico, pero paso hace mas de cien años... aquí ya nadie le da importancia a la historia y hasta dicen que el fantasma de Amelia deambula por el jardín, algunas veces. Historias de campo, aparecidos, la luz mala, cuentos de viejos... -- dijo sonriendo, y agregó - mejor que volvamos con los demás que esta vez si que llaman a la policía...

En el Jardín de invierno solo quedaba Irina, la amiga de Matilde, leyendo un libro, dijo que Rosita se había ido a descansar y que creía que Rodolfo se había escapado a dormir la siesta y que Mabel tal vez estuviera en la cocina, preparando algo para la hora del té. Matilde me aclaró que Mabel tenía el hobbie de la repostería y que de seguro nos deleitaría con alguna exquisitez de su propio peculio.

Estaba atardeciendo, y desde la ventana podía divisar la mágica paleta de colores del atardecer pampeano. Me predispuse a disfrutarlo a full. Busque mi campera y salí...

La galería había perdido el encanto de la tarde, pero no le preste mayor atención, me dirigí directamente al medio del parque, buscando un claro que me permitiera ver el horizonte y disfrutar de esa increíble puesta del sol.
El sol en sí, era una gran bola color naranja intenso, el cielo a su alrededor variaba desde los celestes, rojizos, azules y violetas... nubes multicolores completaban el cuadro.
A medida que el sol se iba poniendo, los colores del cielo se diversificaban en forma, tono e intensidad... ¡era un verdadero deleite para la vista!

Para cuando el sol se puso y la luna creciente, aun con luz en el cielo, aparecía dominante, me di cuenta que estaba apoyado en uno de los dos jacarandáes cercanos al arroyo. A pocos pasos de donde yo estaba se hallaba el banco de piedra que había visto a lo lejos, y en el se hallaba sentada la dama de la tarde, triste, más delgada, con sus ojos fijos en el horizonte mientras las lagrimas le surcaban el rostro.

Me acerque a ella, ni siquiera notó mi presencia, no me pareció prudente molestarla y un poco confundido regresé a la casa.

Adentro estaban ya todos tomando el té en el acogedor jardín de invierno. Me uní a ellos y pude comprobar que ciertamente, Mabel, además de elegante y atractiva, era una excelente repostera.

Era una especie de té - cena, con canapés, scotish cakes, torta galesa, fiambres y patés. Una verdadera delicia de colores y sabores.

Rodolfo me comento que era costumbre de su tía el disfrutar de esos largos tés, tardíos, alargar con ellos la tertulia y retirarse a descansar satisfecho, pero sin tener el estomago pesado y que ellos disfrutaban mucho de esa vieja costumbre, ya que luego armaban partidos de back gammon, cartas o lo que fuere, hasta que se retiraran todos.

Le comenté que yo aun no sabia en donde dormiría, ya que con tanta algarabía y comidas, no había siquiera dejado mis cosas, que aun estaban en el auto.

-- ¡Pero que mal estuve con vos!, Tenía tantas ganas de verte y de conversar que el tema del equipaje se me olvido completamente. Ya mismo le pedimos al Ramón, el casero, que te busque el bolso y te lleve a tu habitación. -- dijo apresuradamente Rodolfo

-- Te agradezco, pero prefiero que primero me muestren la habitación y luego iré yo mismo a buscar las cosas al auto. Tengo que revisar algunas cosas y la alarma es algo sofisticada de manipular. -- Le contesté.

-- ¡Bárbaro! Ya vengo con la llave. -- dijo Rodolfo saliendo.

¿Llave?, ¿Acaso cerraban las habitaciones con llave?, que costumbres más raras las de esa casa... Parecía que el acertijo continuaba y no me cabía mas duda que Rodolfo estaba en ello...
A los pocos minutos volvió y me hizo seña de que lo siguiera, entonces me comentó, que con tantas mujeres en la casa los cuartos de adentro estaban todos ocupados, que quedaba su lugar preferido disponible, ya que a las mujeres les atemorizaba el subir y bajar la escalera caracol. Entonces entendí que se refería al cuarto de arriba, el del balconcito de hierro, me encanto la idea de ir allí.

El farol de afuera, próximo a la escalera la iluminaba por completo y en cuanto abrió la puerta de la habitación, Rodolfo busco una perilla interior que prendió un farol, también externo, cercano a la puerta y prendió la luz de adentro.

-- Este lugar es historia pura, cuando hicieron los baños, le agregaron a este uno pequeño, pero bastante completo, allá al fondo, donde esta el dormitorio y dejaron aquí adelante este adorable saloncito.--

El adorable saloncito al que Rodolfo se refería era de dimensiones considerables, considerando las casa de hoy en día. Y estaba alegremente decorado, sencillo pero acogedor, y se comunicaba con el dormitorio con una gran puerta de doble hoja.

Este era enorme, con una magnifica chimenea, que se hallaba encendida, se notaba que desde hacia rato, dada la cantidad de ceniza.
La cama con baldaquino, seguramente de cerezo o alguna otra madera fina, estaba rodeada de gran cantidad de muebles de su estilo, que completaban suntuosamente la decoración del lugar.

Yo quedé deslumbrado y Rodolfo notó mi asombro.
-- Y Juan, te quedaste sin habla, yo te dije que era mi cuarto preferido, aunque nunca entendí porque no tiene comunicación interna y como es que en la remodelaciòn tampoco se la hicieron. Pero así queda tan independiente que me encanta. En el saloncito tenes una heladerita, tipo frigo bar, para no tener que bajar. Sabes que cuando vengo solo, siempre duermo aquí. Adoro este lugar. Ah, veni que te muestro el baño. --- Agregó.

El baño estaba bárbaro, simple pero con muy buen gusto y tenia ducha y todo. Yo quedé encantado con el lugar y así se lo manifesté a Rodolfo, quien tuvo la gentileza de acompañarme al auto, a recoger mis cosas.

Cuando volvimos subí mis bártulos en una corrida, aunque temblequeando por la escalera, entré todo al dormitorio, fui al baño a alinearme un poco, me cambie de camisa y sweter y volví a bajar y al pasar por la galería sentí un estremecimiento, pense que tal vez había tomado frío entre tanta corrida y entré.

Ya estaban todos acomodados en el living, con la enorme y horrible chimenea encendida, en realidad, con fuego no parecía tan fea.

La tía Rosita se despidió ni bien llegué, seguramente había tenido la gentileza de esperarme para darme las buenas noches.
Las mujeres jugaban a la canasta y Rodolfo me estaba esperando en un agradable rincón, con nuestro Cognac preferido.
Tomamos una copa, charlamos un rato y aprovechando que Matilde e Irina y Mabel se iban, aproveche para dar las buenas noches yo también.

Mi amigo me había vuelto a servir abundantemente la copa e insistió en que me la llevara arriba.
Verdaderamente se lo agradecí, ya que luego de un buen baño y de ponerme bien cómodo, me senté en un sillón frente a la chimenea a saborearlo poco a poco, mientras agregaba quebracho al fuego., hasta que el sueño me venció.

Cuando me desperté, incomodo y con frío, era la madrugada y una voz dulce me dijo:

-- Amor mío, otra vez te quedaste dormido en el sillón, ven acuéstate a mi lado que te extraño. ---

Miré con asombro hacia la cama y era ella, la mujer de la broma, la dueña de casa. Medio dormido y entre sueños, asentí y me acosté en la gran cama y me dormí plácidamente aspirando su perfume.

A la mañana cuando desperté y me encontré solo, me convencí que todo había sido un sueño, o parte de esa trama maquiavélica que me habían preparado. Solo me intrigaba ver hasta donde llegaba el cuento.
Pero no podía negar que ellos habían logrado su cometido, ya que la opresión de angustia en mi pecho había desaparecido y en las ultimas horas casi no había pensado en Bettina... Bienvenido sea el remedio, dije para mí.

Cuando entré a la casa, a la única que encontré desayunando y en el jardín de invierno, fue a la tía Rosita. Puso una sonrisa rozagante al verme y me invito a acompañarla.

Charlamos largo rato mientras saboreábamos las varias tazas de té con leche y los scones de Mabel, con queso crema y manteca de campo, una delicia.
Yo trate de mechar preguntas sobre la casa y la extraña historia de Amelia, dentro de la conversación. Pero conseguí poca información de ella. No creía que estuviera también en complicidad con ellos. Sin embargo, me extrañó, que siendo tan comunicativa y conociendo tantas historias diferentes, me pareció curioso que evitara tan hábilmente el tema, como intencionalmente.

¿Podría haber algo más raro y escabroso que la cruenta historia que me había contado Matilde?
O tal vez, a Rosita no le agradara hablar de supersticiones e historias tortuosas.

Bueno, me quedaría con la intriga.

Y de a poco fueron llegando los demás y al terminar el desayuno organizaron una caminata hasta las caballerizas... parece que alguien tenia intenciones de montar, yo por suerte tenia jeans y botas.

Los caballos estaban ya ensillados esperándonos, a mí me dieron uno bayo, cuyo nombre era Satán, la cosa no me pareció para nada divertida.

La propiedad era mucho más extensa de lo que había imaginado, el problema es que mi caballo no caminaba, o cabalgaba o iba al trote y poco apoco me aparte del grupo.

Por un momento me sentí desconcertado y perdido, hasta que logre divisar la arboleda de la casa a lo lejos y lo que me pareció que era la veleta.

Al retomar el camino de regreso, volví a sentir, esa profunda y punzante opresión en el pecho, que no había sentido desde que había llegado.
Me sentí derrotado, la pena y la angustia me inundaban junto a la imagen de mi esposa.

Así, con mi alma en pena y casi sin darme cuenta, Satán me había llevado cerca de la casa y entonces la vi, sentada en la glorieta... Dejé al caballo en los establos y corrí hacia la casa, temiendo perderla nuevamente.

La opresión en el pecho había desaparecido para dar lugar a una extraña mezcla de romántica ansiedad.

Amelia se encontraba en su sillón favorito, con el libro y el juego de te a su lado, pero esta vez tenia un traje oscuro y deslucido y su semblante era pálido y demacrado.

Cuando me acerque lloraba y se lamentaba.
--- Todos mis hijos mueren. --- decía --- Todos ellos, los que pierdo, los que nacen muertos, Oliver se ahogo y Sofy esta tan débil... Para colmo estoy nuevamente embarazada y no creo que lo retenga, por favor Martín ayúdame, te necesito tanto. --- Dijo suplicante mientras levantaba su mirada hacia mí.

Yo me sentí desconcertado y conmovido al mismo tiempo, si estaba actuando era tan real... parecía realmente una dulce criatura indefensa.
Me senté a su lado y la acompañe en su historia, pero no tenia maquillaje y estaba demacrada verdaderamente, ya no era ni la sombra de la mujer con la que había estado el día anterior, parecía tener mas años, aunque aun conservaba su peculiar perfume.

Conversamos, ella sollozando y yo consolándola, tomamos un poco de té y me dijo que si no lo perdía antes el niño, nacería a principios de Marzo. Fue cuando le pregunte que fecha era y me dijo que, aunque no parecía, ya estabamos en primavera.
Se levanto y dijo que iría a recostarse al saloncito, me ofrecí a acompañarla y me dijo que me quedara disfrutando de la tarde que ella estaría bien.

La ultima vez que vi a Amelia, o quien fuere que era, fue entrando a la casa, con aire sombrío y cansado.

Yo me quede pensativo, tal vez no era una broma, sino alguna pariente loca que se creía Amelia Hudson. Pero lo increíble es que cuando ella estaba conmigo, el resto del mundo cambiaba, desaparecía, como si una extraña nube de ilusión nos envolviera de amor y a pesar de su pena...

Volví a sentir ese raro estremecimiento.

A lo lejos se veía al grupo regresar aun a caballo.
Quise servirme otra taza de té, pero el servicio ya no estaba, era extraño, no recordaba haber visto a la casera retirarlo, pero todo lo que sucedía era tan raro, que no le dì importancia.

Ya venían riendo y hablando animadamente, y Matilde me dijo con picardía.
--- Que paso Juan, ¿te dejo a pata el caballo? --- y, muerta de risa por la ocurrencia, me arrastró hacia adentro.

El almuerzo fue delicioso y al mismo tiempo frugal. Y la conversación intrascendente, como indica el protocolo.
Había carnes blancas, pollos de granja, creo, con salsa de hongos, panache de legumbres y varias ensaladas. Sobre todo estaba esa ensalada verde, de diferentes tipos de lechugas, aderezada con aceite de oliva, aceto balsámico de Modena, un poco de mostaza, queso parmesano y croutons, que me encantaba.
Rodolfo trajo unos buenos vinos mendocinos blancos chardonnay y también un malbec para los amantes del tinto.
De postre había, ensalada de frutas de estación, helado y mouse de limón. Que acompañamos con un torrontes joven.
¡Un verdadero placer!

Las amigas de Matilde eran encantadoras, aunque un poco jóvenes para mi gusto... yo aun extrañaba a Bettina.

Una vez en el jardín de invierno, tomando el café y licores, me acordé de Amelia, o quien fuera esa chica que deambulaba por el jardín y la casa. Entonces, pregunte, como quien dice algo sin importancia,
--- Y díganme esa chica de pelo largo, enrulado, castaño claro, que anda por allí, ¿es la hija de los caseros, o pariente de ustedes? Porque parece estar algo enajenada. ¿No? ---

Todos callaron y me miraron, las amigas de Matilde como expectantes. Matilde y Rodolfo con una mezcla de extrañeza y tristeza, como si yo delirara. Pero lo que más me llamo la atención fue la expresión de Rosita, su mirada no era de asombro, era de miedo, un profundo y horrendo miedo.
Me dio pena y me sentí culpable por lo que había dicho, seguro que era un amargo secreto familiar que ella no deseaba que se conociera, una extraña historia a lo Jane Eyre, o algo por el estilo.

Y seguidamente agregué.
--- Perdón, es que creo que Angélica, la casera, se trajo a alguien que le ayude por el fin de semana, pero no sabia que no se los había comentado. ---

Rodolfo que había visto la expresión de su tía abuela, dijo,
--- Claro es una sobrina de Angélica, una chiquita del campo que a veces viene, no tiene muchas luces, pero ella la adora. Nos lo comento tía, ¿te acordas? Fue la semana pasada, cuando le dijimos que tendríamos invitados este fin de semana. --- y miro a su tía con gesto de afirmación.

Rosita que no terminaba de creer lo que su sobrino le decía, aun mirándome con intriga le contesto.
--- Si, no sé, no me acuerdo, puede ser. ---

Y allí quedo la cosa, aunque ahora yo estaba mucho más intrigado que antes y al rato cuando Rodolfo me llevo al living con la excusa de fumarse un puro, me dijo que su tía creía ciegamente en que el fantasma de Amelia Hudson de Alzaga, deambulaba por la casa y que la sola idea la aterrorizaba y que a su edad el temía que el corazón le fallara.

Ya que él había sacado el tema le pregunte que era esa historia de esa tal Amelia, que Matilde me había dicho, que era la primer dueña de la casa, pero nada más.

Rodolfo me contó una historia parecida a la que su mujer me había narrado la tarde anterior, pero con mas detalles históricos. Aunque la diferencia fundamental residía en la muerte de Amelia. Según el contó había muerto de parto a principios de Marzo de 1865, pero que jamas se supo que fue de la criatura y que a los pocos meses Martín de Alzaga se suicidaba en su casa de Buenos Aires. Por eso se dice que el fantasma de Amelia vuelve siempre a buscar a su hijo, que le fue arrebatado de su lecho de muerte.

--- ¡Bah! ¡Una historia vieja, como tantas en el campo! --- Dijo, como restándole importancia y como diciendo que es una boludez creer en fantasmas.

En realidad tenia razón... ¿quién creía en fantasmas?

Entonces le conté a Rodolfo mis encuentros con la muchacha disfrazada y él me miro con asombro y declaro no saber nada al respecto y que si bien Matilde era creativa y alocada en sus bromas, en este caso como sabia el efecto que la historia de Amelia producía en Tía Rosita, jamas hubiera hecho algo que pudiera asustarla y poner en peligro su salud. Realmente desconocía quien podía ser esa persona misteriosa.

Fue cuando le manifesté mi sospecha de que pudiera ser alguna sobrina, o pariente lejana, algo enajenada y a quien ella protegiera.

Pero me lo negó rotundamente, él pasaba largas temporadas con su tía en esa casa y de haber algo así lo hubiera sabido.

Yo quedé desconcertado y sin palabras y si bien tenia una reunión, temprano en Buenos Aires, a la mañana siguiente, ya ardía en deseos de irme. Le comente a Rodolfo que dado que ya eran las cuatro de la tarde, si no comenzaba a retirarme ya me sorprendería el transito pesado de la Panamericana de todos los domingos y eso seria un gran contratiempo.

Rodolfo protesto para que me quedara a tomar el té y me fuese recién después de las nueve, pero pude convencerlo de que no era una buena idea.

Subí a la habitación de arriba, acomode mis cosas, las cargue en el baúl del auto y volví a entrar a la casa como sí tal cosa.

La conversación aun estaba animada en el jardín de invierno y yo acepte gustoso una taza de chamomille y me uní a la charla por una media hora cuando, con toda tranquilidad me despedí cuidadosamente de todos, di las correspondientes gracias y felicitaciones y salí al jardín rumbo al auto.

El jardín estaba solitario en esa tibia tarde de otoño, las hojas comenzaban a caer formando una acolchada alfombra multicolor sobre el pasto amarillento.

El trino de los pájaros y el crujir de las hojas secas, me acompaño en mi corta travesía.

Cuando por fin arranque mi auto y me iba, me pareció ver una figura de mujer cerca del estanque, pero ya no tenía sentido que le prestara atención...

Me iba de allí y la casona con sus fantasmas quedarían, para siempre, atrás para mí.


Graciela Mariani
El Remanso 2000

No hay comentarios.: