escritos de papel y lapicera

escritos de papel y lapicera
Escribir ficción es un hobby para mi, lo hago esporádicamente y cuando puedo o cuando alguna idea se me transforma en algo tan obsesivo que debo plasmarlo en el papel.

Es cierto que a veces escribo en Word, pero han sido mas las veces en que escribo en cuadernitos pequeños y fácilmente manejables con lapicera de gel negro...

Cariños especiales a todos y mil gracias por visitar mi imaginario!!!


Graciela

domingo, octubre 29, 2006

La trampa

Me enamoré de Adolfo cuando tenía 16 años. Él era un estudiante avanzado de abogacía, con lentes, alto y sus 23 años recién cumplidos; era mucho más de lo que yo había soñado encontrar en un hombre.
Sucumbí a él, como sucumben las mariposas a la flama de una vela. Me rendí ante él, como se rendían los pueblos abatidos ante la supremacía de los romanos. Me entregue a él, como se entregó aquel Duque de Windsor a una tal Simpson, al punto de renunciar a su trono.

Él nunca se entregó a mí. De eso estoy segura.

Nuestro noviazgo duró lo suficiente como para que él terminara su carrera y se estableciera cómodamente en su trabajo. Un total de 6 años.

El casamiento fue grandioso. Adolfo ya era socio minoritario de uno de los más importantes estudios legales de la ciudad y del país y mi padre un miembro activo de las Fuerzas Armadas. Eso reunió a 500 invitados en los más grandes salones del Círculo Militar (ese majestuoso palacio que perteneció otrora a una de las más importantes familias de la aristocracia argentina), y a unos miles de curiosos frente al Santísimo Sacramento, la iglesia en la cual nos unimos para siempre en sagrado matrimonio.

Nuestra luna de miel en Europa fue maravillosa, Adolfo, mi marido, era el ser más dulce y romántico del mundo. Cenamos a la luz de las velas en el Trastevere, en Roma, paseamos en góndola por los canales de Venecia, tomamos café con croisants en el Café de la Paix, en París, almorzamos en medievales tabernas inglesas y dormimos en las más regias habitaciones de castillos encantados de toda Europa.
Si hubiera sido por mí, jamás habríamos dejado el Mediterráneo.

A nuestro regreso nos esperaba el piso de Quintana y Callao, que él había hecho decorar para que fuera nuestro hogar, y que al parecer venía con mucama y cocinera incorporadas, más un cuarto para cada uno...
Adolfo me explicó que por sus obligaciones regularmente se levantaba muy temprano y que, en ocasiones, algún “caso” lo desvelaba hasta muy tarde y que él no deseaba molestarme, quería que me sintiera lo más cómoda posible y que no extrañara en absoluto mi casa de soltera.
En ese momento me pareció más tierno y amoroso que nunca, ¡qué otro marido hubiera sacrificado el lecho matrimonial para comodidad de su esposa!, ¡mi adorado Adolfo era uno entre millones!

Dado que nuestra vida social era bastante activa y que mi gran amor por él me nublaba la mente, los primeros años de matrimonio se me pasaron volando.
Pero cuando consulté al doctor Pérez Raimonda, un gran ginecólogo y obstetra, para saber el motivo por el cual no podía quedar embarazada, comencé a sospechar que algo no encajaba en nuestro mundo perfecto.

Entonces comprendí que me vigilaban, ellas, las del servicio estaban contratadas para vigilarme cuando Adolfo no estaba... O era así o yo estaba en medio de una severa crisis de “paranoia” y, como no me hubiera gustado volverme loca, decidí averiguarlo por mí misma.
Acto seguido inicié la búsqueda a dos puntas, por un lado investigué todo lo que pude sobre la paranoia, su sintomatología, sus posibles orígenes y trastornos colaterales; por otro, me dispuse a poner algunas trampas para ver si era cierto que esas sucias ratas mordían el queso.
No era fácil de llevar a cabo, ya que no había compra que pudiera hacer por mí misma, no disponía ni de dinero, ni auto, ni nada...
Algunas veces salía con mi madre o mi hermana, pero eran pocas, creo que a ellas les molestaba mi ritmo de vida y a mí que no comprendieran el porqué de mi aburrimiento.
Así que no me era posible hacer nada sin que se notara, ni leer un libro, y por otro lado debía estar libre para cuando él me necesitara, así que mi investigación la tuve que llevar a cabo, un poco aquí y otro poco allá, recorriendo librerías y leyendo de ojito, argumentando estar realizando la elección de un regalo u otro, o de un conjunto de vestir para mí, cosas, claro, que luego compraba con la supervisión de Adolfo.

¡Los Shopping centres fueron mi verdadera salvación!

Lo primero dio por resultado que, o yo estaba tan loca que no me daba cuenta y todo era producto de mi imaginación, o en realidad había algo de cierto en lo que sospechaba.
Para comprobarlo contaba con lo segundo y, como primer paso, ¡hay Carmela!, decidí incursionar en la cocina... ¡eso sí que fue una guerra civil! Blandiendo cucharones y espátulas como armas, ensaladeras por casco y tapas de cacerola como escudo, cual Don Quijote, me entregué al fragor de la batalla.

Demás está decir que no logré hacer bien ni un simple huevo pasado por agua, pero que les requete-compliqué la vida, a esas dos, sí que lo hice, y muy bien.
Mientras las enloquecía iba cambiando de hábitos aleatoriamente: un día me encaprichaba con un masaje especializado y con el suficiente cuidado de que no pudieran encontrar a quien viniera a dármelo.

En otras ocasiones cambiaba la rutina de la manicura, iba un día desacostumbrado a la peluquería o almorzaba un sándwich en un Shopping. En la casa cambiaba las cosas de lugar, escondía papeles sin importancia, copias de poemas antiguos o pequeñas listas de compras escritas con la tinta para sellos, mezclada con aceite, para que no se secara: resultaba una mezcla indeleble muy difícil de quitar. Ponía papelitos en los cierres de las carteras (como hacen en las películas con las puertas). Me hacía la distraída y dejaba mis cosas tiradas por todos lados, apuntaba en mi agenda turnos inexistentes para el médico o compromisos falsos con mi madre.

Resultado, Adolfo y sus dos secuaces siempre estaban al tanto de todo; él, distraídamente, me recordaba durante el desayuno mi cita (falsa) con el médico y ofrecía acompañarme, yo respondía que cuando había llamado para confirmar el turno, me habían dicho que el doctor en cuestión, había tenido una urgencia, o corría locamente a buscar mi agenda y decía ingenuamente:

- ¡Pero qué tonta, me confundí de día al anotar el té en casa de mamá!

Pero en lo que no cabía duda, es que eran unas buchonas y yo una prisionera en mi propia casa. Algo verdaderamente desalentador para cualquiera...

Por otro lado, si hay algo peor en este mundo que alguien inútil y ocioso, es alguien inútil ocioso, aburrido y acorralado. Creo que el aburrimiento y la falta de libertad son el origen de todos los males... Bueno, así lo fue para mí.

Con ocasión de un viaje de negocios que mi marido hizo a Nueva York, un caso muy complicado por el cual debía hacerlo en pocos días, decidió que yo me quedara en casa. Usualmente, me hubiera mandado a la quinta de su familia o al campo de mi madre, pero el viaje fue sorpresivo y no hubo tiempo. Además, mi madre estaba muy ocupada en uno de sus maratones benéficos.

Así fue como me pude quedar sola por primera vez en mi casa, pero vigilada por mis dos implacables carceleras. Pero, oh sorpresa, Rosa, la mucama, amaneció con fiebre y, María, la cocinera, tendría que hacer sus quehaceres, más los de ella, más las compras y terminaría agotada.

Esfuerzo y oportunidad... Esa noche tuve ocasión de revisar la habitación de Adolfo, su estudio y su baño, y no la desperdicié.

Si hay algo que le sobra a alguien que esta aburrido es tiempo, mucho, muchísimo tiempo. En aquel entonces, yo había planeado meticulosamente esa sistemática búsqueda, y había tenido tanto tiempo para pensarla, que no necesitaba guía escrita alguna para recordar cada paso; hacía meses que ya lo tenía todo fríamente calculado.

Comencé por el dormitorio y terminé por el estudio, en cada cosa que veía estaba su impronta, en cada cosa que tocaba estaba su perfume, en cada lugar que examinaba estaba su pulcritud y su estricto orden.
Para saber buscar había que saber lo que él pensaba, cómo era, y eso sí que yo lo conocía mejor que nadie.

La sorprendente cantidad de ropa que tenía mi marido, me dejó atónita, su vestidor era dos veces el mío, lleno de batas exóticas, camisas de seda y algodón, trajes de cachemires ingleses, de seda y lana italianos, suéteres clásicos ingleses y sports de los mejores lugares, camperas elegantísimas de los más refinados cueros del mundo, impermeables, ¡como una docena!, ingleses, austriacos y hasta italianos, todos de marca.
¡Such a man! ¡Qué zapatos! Cuántos y cuán esmeradamente cuidados.
Era tanto que parecía una muestra de Casa FOA: “vestidor de hombre soltero”.

El baño, guardaba tantos cosméticos y perfumes, de esos que yo adoraba, que no sabía por dónde comenzar a buscar.
Traté de ser metódica y sistemática y demás está decir que no encontré demasiado, ni poco, pero encontré algo.
Por un lado, unos símbolos geométricos dibujados regularmente junto a ciertas fechas de su calendario, y por el otro, dos potes de crema sin etiqueta de los que extraje una muestra de cada una.

Yo tenía una antigua compañera de colegio que era bioquímica y, en cuanto pude localizarla, sin levantar sospechas, le pedí que analizara las cremas con el pretexto de que se las había encontrado a la mucama y que sospechaba que me estaba robando, poco a poco, algo de mis finas cremas suizas.
Una de ellas resultó siendo una crema dermatológica y humectante bastante común, pero, en cambio, la otra, sólo un sofisticado y muy caro espermicida.
Mi amiga se preocupó mucho por esto último, ya que era imposible que una mucama, con su mísero salario, comprara tal crema; además, ese tipo únicamente se fabricaba en ciertos países europeos. Como epílogo, me aconsejó deshacerme de ella, porque era casi seguro que andaba en algo raro, o con algún señor casado del vecindario.
La tranquilicé diciéndole que así lo haría y volví a mi pequeña investigación.

Cotejando los símbolos con sus correspondientes fechas y con mis anotaciones de mi período menstrual, estas resultaron ser un minucioso recuento del comienzo y el final del mismo, mes a mes, desde que nos casamos.

No tuve más remedio que pensar que era evidente que Adolfo no quería hijos.

Empecé a comprender que mi marido era un personaje egocéntrico y narcisista, y que en su vida sólo había espacio para una sola persona: él mismo.

Triste pero real, alcanzar este grado de convencimiento me tomó más de 8 años.
¡Realmente, yo había estado muy enamorada!

Para mis 30 años, Adolfo me regaló un viaje paradisíaco a las Antillas Francesas y un lujoso crucero por el Caribe. Me atendió muchísimo, me llenó de joyas exóticas y de regalos inútiles y, al cabo de dos semanas, volvimos a nuestra rutinaria vida de Buenos Aires.

De todos modos, tanta atención me desarmó por completo y, por un tiempo, hice caso omiso de mis sospechas y me dediqué de lleno a las clases de pintura sobre porcelana, que la esposa de un socio de la firma me había recomendado.

Reaccioné cuando asistimos a ese casamiento tan importante del sobrino menor de mi madrina, justo cuando Adolfo estaba muy ocupado trabajando en un caso, durmiendo muy pocas horas, y prohibiéndome ir sin él.

Finalmente fuimos, pero eso no hizo que me sintiera menos esclava.

Esa horrible sensación de impotencia, de inmovilidad en la que me había sometido paulatinamente, me hizo sentir ahogada, era prisionera dentro de mi propia casa, sólo me quedaban mis libros del género de misterio y mi frondosa imaginación.

Fue una letal combinación, tan letal que, como presa que se debate por salir de una trampa, sólo podía pensar en la muerte, pero en la muerte de mi captor, no en la mía...

Yo había tenido una larga historia de pequeños sometimientos. Sobre todo debido a las jaquecas, los costosos y largos tratamientos a los que me había visto obligada a causa de ese mal que sufrí desde pequeña, del que nunca me curaron y que me obligaba a depender de los demás.
Quizás por eso es que nadie pensó que algún día pudiera llegar a molestarme seguir siendo una sometida, cuando lo que, para ellos, era estar verdaderamente cuidada.

El valerme o no por mí misma, jamás se puso en discusión.
Mis padres, con la mejor de las intenciones, habían sido muy absorbentes. Antes que a mí habían perdido dos niños y, para cuando yo nací, mi hermana ya tenía 8 años, por lo que se abocaron a la dulce bebé con alma, vida y corazón. Cosa que ni mi hermana ni yo hemos podido perdonarles, por opuestos motivos.
Para colmo, me pusieron en un enorme colegio de monjas alemanas que eran insoportables. Tenía sólo dos amigas y no muy confidentes que digamos. Podría decirse que era una chica solitaria.

Para cuando conocí a Adolfo, jamás había hecho algo por mí y tampoco creía que algún día debería hacerlo. Yo creo que Adolfo pensó que jamás llegaría ese momento, tal vez porque me veía cómoda siendo tan dependiente, o quizás porque no podía creer que deseara huir de él, no lo sé... Pero sí estoy segura que nunca se le cruzó por la mente, y ese fue un punto a mi favor.

Una de las tantas veces que fuimos a pasar el día a la quinta de la familia de Adolfo, a media tarde, tal como era mi costumbre, me metí en el invernadero a pasear y a buscar semillas para la casita de aves que había a un lado del jardín. Tardé en encontrar las semillas, ya que en esa ocasión los estantes estaban repletos de materiales diversos (mi suegra había estado haciendo otro de sus cursos de jardinería), había fertilizantes líquidos, en polvo y en grageas, semillas y bulbos de varias especies, tierras fértiles y un gran número de pesticidas líquidos y en polvo. Éstos eran derribantes para moscas y mosquitos, veneno para hormigas en granos y líquidos, venenos varios para babosas y caracoles y dos más completos para todo tipo de alimañas.

Yo aún no sabía qué clase de alimaña era mi marido, pero tenía claro que era peligrosa, por lo que decidí mezclar en un frasquito un poco de cada veneno y llevarme algo en polvo, por las dudas.
Habría salido a su madre, sin duda, una mujer hermosa, pero inmensamente fría y dominante, que sometía a todos con su dura mirada.

Deposité las semillas en la casita para pájaros, dejé los venenos bien envueltos en papel de cocina y en una bolsita de nylon que saqué de allí, pasando luego por el toilette para lavarme las manos y volver tranquilamente a tomar otro cafecito en la galería con la familia.

Creo que la emoción se delataba en mi rostro, ya que mi suegra me dijo como al pasar:

- Parece que te sienta bien el aire campestre, en este momento te ves sorprendentemente radiante. Decíme nena, ¿no me irán a hacer abuela tan joven y querer que me deprima, no?

Yo me sentí tan preocupada por ser descubierta, que la acotación me pasó casi desapercibida y, rápidamente, inventé una emocionante historia de celos por la comida entre una paloma torcaza y un petirrojo. Fui tan tonta durante toda mi vida, que a nadie le preocupaba mucho mis historias, todos sonreían complacientemente y en cuanto podían, pasaban a otro tema, más interesante y con otro interlocutor.

Ahí creo que escapé por poquito...

Al llegar a casa no veía la hora de estar a solas en mi baño, por suerte, Adolf (like Hitler) dijo que tenía que revisar unos papeles en la computadora y ni apareció por mi dormitorio.

Corrí con mi bolso al baño, cual chico que introduce un sapo a la casa a escondidas de la madre; lo peor, es que yo no sabía qué hacer con mi “sapo”.
Recorrí armarios, estantes, potes de crema y frascos, finalmente encontré un par bastante adecuado, un gotero con Flores de Bach y un envase de un cicatrizante en polvo, al cual le quedaba muy poco. Puse el líquido en el gotero y el polvo en el frasco de plástico, tirando el resto por el inodoro, pero, la bolsita de nylon con el frasquito de mi suegra y dos o tres cosas que sobraron, me hicieron palidecer de terror.
Finalmente, decidí camuflar todo como si fueran toallitas higiénicas usadas; quedó bárbaro, pero no me arriesgué a dejarlo en casa, y lo puse nuevamente en mi cartera para tirarlo en otro momento.

A los dos días, cuando fui a tomar el té con mi madre, cargué con el “bardo”; por suerte, ella decidió parar a cargar nafta y yo aproveché para ir al baño, pese a sus ruegos de que no fuera a un baño público, según ella, infecto y asqueroso. Fue buenísimo, ya que dentro de éstos hay un recipiente hermético en donde entra sólo un apósito por vez; bueno, un socotroco, y luego se cierra cayendo lo que uno puso, y vuelve a aparecer vacío. Yo, por las dudas, tiré unas cuantas cosas después de “eso” y, muy complacida, volví al auto; le di la razón a mi madre con lo de asqueroso y nos fuimos como dos duquesas dejando atrás “la prueba del delito”.

El tema es que dicha "prueba" me tenía tan loca que, en mucho tiempo, no hubo "delito" alguno, y comencé a dudar que en algún momento realmente lo hubiera.

Con el tiempo tiré el frasquito de veneno en polvo, ya que no le había podido encontrar alguna aplicación lógica y me quedé con el gotero.
La tirada del veneno en polvo fue otra pirueta digna de alquilar balcones y, la conservación del otro frasco, con el veneno líquido, fue otro tanto; mi vida por esos días era apasionante y mi cuerpo segregaba adrenalina como nunca antes.

Fue una época realmente buena.

Cuando toda esa algarabía terminó, me sentí como aburrida.
Creo que me había acostumbrado a tener una vida secreta, como esa gente que tiene amantes u otra familia, o tal vez una profesión deshonrosa (a lo Belle de Jour).
Comencé a sentirme sola y, al experimentar nuevamente mi vida rutinaria, retornaron mis jaquecas.

Esos dolores de cabeza tan persistentes, como lo dije antes, son un capítulo aparte dentro de mi vida, ya que de chica los sufría con frecuencia y, muchas veces, seguidos de desmayos. Mis padres me habían hecho ver por los mejores especialistas, los que diagnosticaron desde epilepsia hasta tensión nerviosa y estrés.

Por todo esto, para cuando me conoció Adolfo, yo había sido una chica sumamente mimada y cuidada, un poco aniñada, y de pocos amigos; es decir, alguien hecho a la medida de sus expectativas.


Las jaquecas son algo terrible para quien las padece y para los de su entorno, estas producen un malestar general que trae aparejado un terrible mal humor y, por ende, gran irritabilidad.
Adolfo solía decirme que debido a mi padecimiento tenía que tomarlo como un regalo de Dios el que no me mandara niños, porque su sola presencia, podría enfermarme.

¡Qué tipo tan cínico!
¡Y yo con ese terrible dolor de cabeza que me hacía desear aun más el verlo muerto!

Uno de los últimos especialistas que visité, me había recetado un antiepiléptico que debía tomar en pequeñas dosis y que parecía descomprimirme el cerebro; el tema es que la jaqueca se iba pero yo quedaba totalmente agotada.
Finalmente, decidió que debía tomarlo regularmente, para que hiciera un buen efecto.
Así empecé con la pastillita diaria que me hacía sentir como una inválida.

Cuando comencé a sentirme mejor, retomé, ya como costumbre, mis escapadas nocturnas a las habitaciones de Adolfo, en medio de la noche, cuando él viajaba.

Una noche me pescó la cocinera cuando yo andaba deambulando, eran las tres de la mañana, me preguntó qué hacía allí y le respondí que debía tomar una pastilla y, como sabía que mi marido guardaba agua mineral en el frigobar de su estudio, me había acercado a buscarla. A sus protestas, respondí que no me había parecido apropiado despertarla por tan poca cosa.
Y la cosa pasó, pensé que sin ton ni son...

A la semana, como al pasar, Adolfo me mencionó el hecho.
A mí me sonó a reproche.
Él dijo que el personal de servicio estaba especialmente para atenderme y, mucho más, cuando él se encontraba ausente, por lo que no debía dejar de llamarlas cuando lo necesitara.
Allí sugirió que la cocinera durmiera en la habitación contigua a la mía, cuando él viajara.

Me negué rotundamente, argumentando que no podría reposar tan cerca de una sirvienta sin sentirme humillada.
Conocía bien su veta racista y coincidió conmigo en que tenía razón, y que continuáramos como hasta entonces.
Al otro día trajo a un decorador e hizo remodelar esa habitación pequeña pegada a la mía, transformándola en un estar íntimo para mí, equipada incluso hasta con una computadora con Internet y, por supuesto, con un frigobar.

Yo no sabía si sentirme intimidada o darle las gracias, el saloncito quedó precioso, la computadora era algo tan novedoso y que fuera sólo para mí, me tenía de lo más emocionada.

Luego de ello siguieron días de gran romanticismo y hasta compartimos algunos desayunos juntos en mi saloncito privado.

¡Me sentía una geisha!

Con todo eso y con las jaquecas que habían cesado, mi estado de ánimo mejoró y pensé en tirar también el frasco de veneno; finalmente, decidí que si bien no lo usaría, me quedaría con él porque, además, me hacía sentir segura.

Me inscribí en un curso de Internet para beginners; estaba feliz.

Una mañana, después de haber pasado la noche juntos, y luego desayunado tomados de la mano en mi saloncito, yo sentí que tocaba el cielo; luego de eso, algo extraño sucedió en un determinado momento, cuando sentí que me miraba de una manera muy extraña, no recuerdo bien cómo, pero me hizo segregar adrenalina. Eso que percibí, lo conocía muy bien, …era un gran temor.
Traté de disimular y me hice la tonta, como de costumbre, iniciando un relato estúpido sobre una compañera de pintura sobre porcelana; Alfredo simplemente miró el reloj y dijo que se le hacía tarde para una reunión, y se fue.

Comencé a preguntarme el porqué de tantos halagos, ya que, normalmente, luego de hacer el amor, solía irse a su cama. Esa noche se había quedado y, además, había tenido la deferencia de desayunar a solas conmigo, incluso con un sentimiento de complicidad.

Tenía demasiados porqué y ni una somera idea de las respuestas.

Volví a repasarlo todo cuidadosamente, qué había pasado de extraordinario durante esa semana, a qué reuniones habíamos ido... No sé, todo esto era ridículo... Había coqueteado con alguno que otro, pero no ignoraba que ese era un juego que lo seducía, ya que ambos sabíamos que yo era solamente suya y que lo seguiría siendo por siempre.

Otra vez a estar alerta, los desvelos nocturnos, las dudas y los temores.

Tal vez ese era el juego, el mantenerme en una tensión constante, que volvieran mis jaquecas y el conservarme recluida para que no lo moleste... Definitivamente, no pensaba volver a las jaquecas y a los temores por lo que, para mantenerme lúcida, tendría que jugar el juego sin caer en la trampa. Después de todo era un nuevo desafío y, al fin y al cabo, para eso me había estado entrenando.

Lo primero que hice fue deshacerme del frasco de veneno, por sí las moscas.

Cuando Adolfo llegó, lo hizo con el médico que me estaba atendiendo; éste me examinó, y prescribió una cura de sueño...
Yo me puse tan nerviosa que la presión me subió a mil y mi jaqueca se agudizó tremendamente, lo cual, para mi desgracia, sólo confirmó su diagnóstico y posterior tratamiento.

Me inyectaron algo y no supe más nada...

Cuando desperté no podía despegar los ojos, los párpados me pesaban horrores y el cuerpo no me respondía. Sentí una molestia en el brazo izquierdo y vi que tenía suero inyectado con una cánula, no podía quitármelo. Alguien vino y me dio agua, me preguntó cómo me sentía, pero a mí no me salían las palabras y creo que volví a dormirme.

El día que pude abrir los ojos, comencé a llorar en silencio.
El suero seguía allí en su lugar y yo estaba conectada a un par de aparatos que me monitoreaban...
¿Habría tenido un ataque cardíaco?
No me acordaba de nada, sentía una densa nube dentro de mi cabeza, como si me taponara los pensamientos. Tenía sólo reacciones instintivas e involuntarias.

Desordenadamente, intenté ordenarme un poco...

Estaba en una especie de clínica, lujosa, al parecer por el aspecto armoniosamente decorado de la habitación, y por lo sofisticado de los aparatos que me rodeaban.

Sin duda, nunca había estado allí antes, ya que por más drogada que me encontrara, no recordaba el estilo del decorado, o la forma de las ventanas.
Éstas eran muy particulares, amplias, antiguas y con un arco de medio punto que las remataba.
La habitación era inmensa y la decoración fastuosa. Parecía más bien un hotel de lujo en Nueva York, que una clínica psiquiátrica en Buenos Aires.
Por lo que llegaba a ver con el rabillo del ojo, tenía una toilette, una cómoda inglesa y un butacón a lo Laura Ashley, completando la zona dormitorio. Luego de una gran arcada había un estar con sillones y, a un lado, una mesa redonda con cuatro sillas.

Si no me hubiera sentido tan mal, estaría feliz de encontrarme allí...

Sentí un imperceptible ruido y me hice la dormida, era una enfermera que me hablaba suavemente; yo no le respondí, y seguí con mi simulacro de respiración profunda.

La enfermera caminó hacia la sala y llamó desde un intercomunicador interno, escuché sólo murmullos y no pude discernir nada de lo que estaba diciendo.
En realidad, era poco lo que podía percibir de todo eso; por un momento, pensé que en realidad estaba soñando y que, de un momento a otro, despertaría en mi cama, como todos los días.

Supe que era al médico a quien había llamado cuando éste habló bastante cerca de mi cama.
Estaban hablando de mí y de cuánto de tal o cual medicamento debían continuar suministrándome en el suero... Pronto deduje que el galeno le estaba hablando a otro hombre, cuando este otro, dijo algo como “debe seguir dormida”…, era la voz de Adolfo.

Hice un esfuerzo supremo para no dar un grito.

El médico dijo que no, que más tiempo podría resultar letal o producir un daño cerebral irreversible y que él no podía arriesgar tanto su carrera y prestigio, que hasta allí había llegado y que lo que fuera, debía dejarlo en sus manos.

Más o menos fue lo que entendí, y me horroricé por lo que me estaba haciendo, aunque, en el fondo, ya nada debía extrañarme de él.

Creo que se fueron o yo me dormí de nuevo, porque me desperté cuando una enfermera me estaba cambiando unos pañales desechables. Deduje entonces que más que un sueño, era una pesadilla y de las largas.
Cuando me moví o me quejé, la mujer me habló, yo no quería que supiera que estaba despierta, tenía miedo que me atontara de nuevo...

¿Y si me dejaban como un vegetal? ¿Qué derechos tenía yo en ese momento?
Todo se desvanecía en una noche eterna y oscura, muy oscura.

La siguiente vez que escuché voces, pude distinguir que era la enfermera y el médico; parece que éste le preguntaba, aparentemente preocupado, acerca del motivo por el cual yo todavía no me había despertado.

Al día siguiente, cuando me habló, parpadeé, en señal de que estaba consciente.
Me comentó que debía comenzar a recuperarme para poder comer y para que me sacaran el suero; que me valiera por mí misma para ir al baño y ducharme, que el peligro ya había pasado, que ya no debía preocuparme y que mi marido vendría a visitarme muy pronto...

Hubo un revuelo, ya que cuando mencionó a Adolfo, se me aceleró el ritmo cardíaco; ocurrido esto, me atendieron y no volvió a mencionarlo. Extraño, ¿no?

Yo me fui reponiendo lentamente y, después de un tiempo, me retiraron los aparatos y el suero; de todo ello, me quedaron sólo un par de moretones.
Allí pude ver que las paquetas ventanas tenían rejas ornamentales, pero rejas al fin...

Parecía que me pasaría la vida encarcelada y, como dice una vieja canción mejicana, “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”.

Con el tiempo me repuse bastante bien, aunque no podía retener nada en la memoria, ni siquiera la fecha de la última vez que había estado en mi propia casa. Me sentía perdida sin mis cosas, sin mis libros y sin mis notas.
Al comentárselo a la enfermera, ésta me trajo unos libros de la biblioteca de la clínica, no eran gran cosa, pero algo era mejor que nada.
Cuando le pedí un cuaderno y lapiceras, me contestó que no era conveniente que me agitara pero, a los pocos días, me trajo otro libro, de los que se usan para las actas societarias y un par de biromes, recomendándome que los escondiera de la vista de los demás.

Parecía tener a alguien que era amistoso, pero yo ya había aprendido a no confiar en nadie y que la amistad ni el amor existían en mi particular mundo y, como era desconfiada, sólo escribía unas pocas líneas intrascendentes cada día, sólo para poder ir contando los días y comenzar a tener noción del tiempo.

Mañana, tarde y noche habían pasado a ser fundamentales en mi vida.

Me seguían suministrando un par de medicamentos y unas vitaminas, uno de ellos era el que yo había venido tomando en los últimos tiempos, pero en dosis considerablemente más altas.
Con el tiempo aprendí a diferenciarlos y a poder discernir cuál tomar y en qué cantidad, ya que las enfermeras me habían brindado confianza y me dejaban los remedios para que yo misma los tomara después de cada comida.
Debo confesar que fue una verdadera hazaña, ya que para distinguir cuál era la dosis y el medicamento indicado, tuve que ir alternando con casi todos, y esto me produjo un par de desequilibrios, nada importantes, en comparación con lo que había estado padeciendo.

Esto me costó un par de meses, pero lo logré, ya me sentía más recuperada y las enfermeras me sacaban a pasear por el jardín y a nadar en la piscina climatizada. Yo aprovechaba el ejercicio para recuperar fuerzas, no era muy difícil, las otras internas eran pocas y estaban muy dopadas.

¡Este lugar debía ser carísimo! Por lo tanto, había que aprovecharlo.

Los masajistas eran muy buenos y la comida inmejorable, así que inicié una dieta con la nutricionista y una rutina para el sofisticado gimnasio, tomándolo como si fuera una cura rejuvenecedora y desestresante en un spa suizo.
El cambiar mi predisposición mental, consiguió que comenzara a tener esperanzas nuevas y confiara cada vez más en mí misma.

Un día aparecieron mis padres... ¿Dónde habrían estado todos esos meses?

Me contaron que estaban en un crucero por las Islas Fidji, cuando Adolfo los llamó, para comentarles mi descompensación cardiaca y mi pronta recuperación.

¿Realmente creerían toda esa basura?
En fin, ellos comprarían cualquier buzón que Adolfo les vendiera, y yo no podría hacer nada al respecto.

Dijeron que el médico les había recomendado que la visita fuera breve y, al poco rato, se fueron prometiendo regresar la próxima semana.

Parece que la clínica se encontraba en algún lugar a 700 Km. de Buenos Aires, y sólo se podía llegar allí en avión privado.

Se notaba claramente que Adolfo había aprovechado bien su carnet de piloto y sus miles de horas de vuelo.

De salir por mis propios medios de allí, ni qué hablar. Eso me desanimó bastante y estuve muy desganada esa semana; el personal debía empujarme, literalmente, para realizar mi rutina acostumbrada...
¡Yo ya había perdido el deseo de vivir!
¡Adolfo había ganado la guerra, finalmente!

Adelgacé y empalidecí mucho más y mis padres se fueron bastante preocupados de su siguiente visita.

Parece que la cosa no fue tomada de buen ánimo, ya que el médico vino a verme seguido y comenzó con inyecciones de algo que podrían ser vitaminas o un antidepresivo.

Parece ser que a la semana siguiente estaba un poco más animada y mis padres se fueron más contentos, tanto que prometieron llevarme al campo en cuanto estuviera un poco más fuerte y el médico me autorizara a abandonar la clínica, aunque más no fuese por unas cuantas semanas.

¡Epa! Esa sola idea hizo en mí el efecto de mil antidepresivos juntos.

Salir, estar nuevamente en mi campo, en mi dormitorio de niña, algo que siempre me pareció tan aburrido y alejado del mundo, ya que era allí donde pasaba mis vacaciones y, también cuando creían que debía recuperarme de alguna convalecencia... Y ahora, parecía la puerta hacia mi libertad, un solo día fuera de esa clínica, uno solo era cuanto quería en la vida.

Era increíble lo que me estaba pasando, si alguien me hubiese dicho que pasar unos días en el campo de mis padres llegarían a ser las aspiraciones más importantes de mi vida, hubiese creído que estaba loco.

La vida cambia y uno cambia con ella o muere, no queda otra opción...

Curiosa la vida.
¡Qué lugar común!

Adolfo no volvió nunca, solo recibía sus e-mails, escritos siempre con las palabras medidas y justas.

Yo temía que no me permitiera ir al campo de mis padres, pero parece que la presión paterna y la del médico deben haber podido más, o tal vez él cambió de opinión y decidió tenerme nuevamente...

Nunca lo supe…

La avioneta de Adolfo se estrelló en la cordillera, cuando se dirigía a Chile.

Yo hacía dos semanas que me encontraba en el campo de mis padres, con Rosa, la cocinera, mimándome como cuando era adolescente, y gozando de todo lo que me ofrecía la bendita vida que había recobrado.

Nunca más volví a la clínica ni al piso de Recoleta.

El abogado de mi padre y su administrador me ayudaron a deshacerme de todo sin tener más que poner un par de firmas en unos papeles.

De mis pertenencias anteriores, no me llevé nada, hice vender hasta las joyas, donar los muebles y ropas, indemnizar a las "carceleras" y el pasado quedo atrás para siempre.

Desgraciadamente, mi mente no se pudo deshacer tan fácilmente del infierno pasado, tenía pesadillas, me encontraba inapetente y nada me entusiasmaba…
Mis padres se preocuparon tanto que me llevaron a varios especialistas, un clínico, un endocrinólogo, una nutricionista y hasta a un vidente-manosanta.

Pero nada daba resultado…
Lo que no lograba entender eran dos cosas, una, el porqué del comportamiento tan destructivo de Adolfo para conmigo, y dos, cómo yo le había permitido todas esas vejaciones.

En medio de toda esa incógnita, el abogado de mi padre nos sugirió encargarle a una agencia de investigación, de su confianza, el realizar un estudio de rutina sobre el pasado y negocios de Adolfo, para descartar la posibilidad de un atentado, que pudiera luego poner en peligro mi propia vida. Así se hizo.

La investigación dio como resultado que el padre de Adolfo no había muerto de un ataque al corazón, como se decía, sino que se había sido asesinado por unos ladrones que quisieron robarle.

De acuerdo a los archivos de la investigación policial, realizada a propósito de la muerte del padre de Adolfo, él junto con su hijo mayor, Adolfo, quien por ese entonces tenia sólo doce años, fueron un viernes por la tarde a la Casa Quinta de la familia, con el objeto de encender la calefacción y las chimeneas, pasar la noche juntos y que la casa estuviera ya climatizada cuando llegara su madre y su hermanita al día siguiente. La niña sufría de espasmos bronquiales, por lo que los padres se esmeraban mucho en protegerla de todo aquello que pudiera llegar a afectarla aunque sea ínfimamente.
Al parecer al llegar sorprendieron a unos ladrones que no contaban con su temprano arribo. Y por los destrozos ocasionados en el lugar, parecía haber habido una pelea, y por los datos aportados por el niño los hombres se encontrarían en estado de ebriedad.
A la mañana siguiente, cuando llegó la señora encargada del mantenimiento de la casa, se encontró con un cuadro escalofriante. Tanto el niño como su padre se encontraban atados y amordazados a las sillas del comedor y estaban cubiertos de sangre.
El padre había sido muerto a golpes y el niño se hallaba inconsciente y posiblemente violentado.

Los homicidas jamás fueron encontrados y luego, según la versión dada por la familia, el niño habría presenciado el asesinato de su padre y lo habrían golpeado para asustarlo y que no hablara, de la violación no se hablo nunca.
Lo que había mantenido con dudas a la policía, era que el chico había sido llevado inmediatamente a Buenos Aires e internado en la mejor Clínica del momento. Pero dado que el asesinato era un delito más grave y lo otro podría lastimar la integridad y el futuro de un niño, no dieron curso al tema.
En cambio si continuaron investigando el robo y asesinato, pero, por falta de datos o debido al escaso personal, la policía archivó el caso y el tema quedó en el olvido.

Por supuesto, la historia me impactó y consulté con un especialista al respecto.

Éste era considerado por mi propio médico clínico, como un excelente psiquiatra.
El hombre en cuestión era un poco extraño, delgado y encorvado, con la curvatura típica de quien pasa largas horas sentado a un escritorio, con una barba rala, canosa y con gruesos anteojos que ocultaban su mirada. Sentí unos irresistibles deseos de salir huyendo, pero me sobrepuse; después de todo, tenía un objetivo por cumplir.
Le expuse el caso adjuntándole copias de todos los informes que me habían sido entregados por los investigadores. Me propuso concertar una nueva entrevista para darle tiempo para estudiar el caso.
Finalmente, me encontré asistiendo a su consultorio dos veces a la semana y, sorprendentemente, ese hombre de aspecto curioso, me había hecho sentir cada vez más cómoda y confiada…
Me hizo entender que, independientemente de las razones que llevaron a Adolfo a ser un border line, yo debía restaurar mi propia autoestima y, para ello, me propuso un plan de trabajo.

Me pareció muy coherente su propuesta y la acepté.

Había estado asistiendo a sus sesiones a lo largo de siete meses, cuando mis padres me invitaron a compartir un viaje por Europa.
El “psi” insistió en que lo hiciera, ya que podría ser una buena oportunidad para comprobar lo mucho que yo había avanzado.
A mí me daba miedo, pero también me entusiasmaba dicho viaje, pasear, con mis padres y a solas, recorrer las orillas del Sena…, aunque me recordara a Adolfo. Creía que ya era tiempo de superarlo.

Hoy en día vivo en un campo cerca de Sydney, Australia. Estoy casada con un velludo y bonachón ingeniero agrónomo, que conocí con mis padres, visitando la Exposición Anual de la Alimentación en París.

Tenemos dos hermosos hijos y jamás hablamos del pasado. Yo soy inmensamente feliz con la más mínima sonrisa de mis pequeños hijos o con el menor gesto de afecto de mi adorable y dulce marido.
Soy feliz viendo a mis hijos que juguetean con los perros, andando a caballo con mi hijo mayor o pescando en el lago todos juntos...
Soy absolutamente feliz de estar viva, día a día y poder compartir todo esto con mis seres queridos.
Me siento tan libre y plena, que jamás me cansaré de agradecerle a la vida lo afortunada que soy.

Al fin y al cabo, el destino fue generoso conmigo y cada vez creo más en aquel viejo refrán árabe:
"Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo".

Parece que, a los malintencionados, el destino mismo se encarga de hacerlos caer en su propia trampa.


Graciela Mariani
Octubre 2000 – Marzo 2001

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