escritos de papel y lapicera

escritos de papel y lapicera
Escribir ficción es un hobby para mi, lo hago esporádicamente y cuando puedo o cuando alguna idea se me transforma en algo tan obsesivo que debo plasmarlo en el papel.

Es cierto que a veces escribo en Word, pero han sido mas las veces en que escribo en cuadernitos pequeños y fácilmente manejables con lapicera de gel negro...

Cariños especiales a todos y mil gracias por visitar mi imaginario!!!


Graciela

miércoles, noviembre 22, 2006

Mujer Afortunada

Amaneció ese domingo a las dos de la tarde. El hueco entre las cortinas me mostró un cielo azul y radiante. Tantee el teléfono y marque el interno de la cocina.
-- Si me diga -- contesto Rogelia
-- Soy yo -- dije con voz áspera y gomosa.
Ella ya sabia que debía hacer. Se apareció al rato con la bandeja de mi usual desayuno, el diario y las tres revistas del día. Sabia que no debía hablarme a menos que se lo pidiera, no lo hizo y salió despacio, dejando tras de sí ese particular olor a cocina.
Primero tome el jugo de naranja y luego de desperezarme fui al baño. La cara que encontré en el espejo, después de lavarme los dientes, era la de una mujer hermosa de grandes ojos rasgados y piel de durazno.
La contemple con una mezcla de satisfacción y extrañeza ya que no era exactamente mi rostro, sino el producto de costosas cirugías, que bien habían valido la pena y el sacrificio.
El pijama de pantalón cortito y blusita de seda, que había usado para dormir dejaba entrever un cuerpo duro y cuidado, y el color salmón hacia resaltar con mayor intensidad la blancura de una piel sin sol.

A lo lejos se oía la voz de Lucila, mi hija del primer matrimonio, que puteaba a alguna mucama por algo, desde el solarium.

Ignacio, mi marido, habría ido a ver los caballos con Sebastián, su hijo mayor, porque tenían un partido por la tarde. Ayer habían comentado lo del partido, entre la tercer botella de champagne, los gin tonic y la blanca para seguir entero, esa era la gran joda.

No dormíamos juntos, el tenia su propio dormitorio en suite, en la planta baja, y no solía visitarme a menudo. En base a ese pacto nos habíamos casado, ninguno de los dos quería ser molestado, y el acuerdo nos beneficiaba a ambos.
Ignacio tenía ambiciones políticas. Él necesitaba una esposa para pasar por hombre de familia, yo necesitaba su dinero y protección.

Todo había funcionado bien hasta que llegó Antonio a nuestras vidas, mezcla de macho latino y niño desvalido, nuestro personal-trainer, nos había seducido a todos.

Él había triado la blanca María, caliente y fría, a nuestra casa.
La primera experiencia fue alucinante, nada, absolutamente nada en el mundo me había hecho sentir así, fue lo máximo. Máximo estado anímico, máxima potencia sexual, máximo todo.
Después, como animal salvaje, fue pidiendo más de mí y cada vez dándome menos. Aunque me sangrara la nariz, no podía vivir sin ella, el dolor de su ausencia se hacia insoportable.
Ya no importaban las joyas, los viajes exóticos, la ropa exclusiva. El dinero de Ignacio me podía dar mucho mas que todo eso: la más pura blanca jamás pensada.

La primera raya del día me dio ánimo para vestirme y bajar al bullicioso ambiente exterior.
Elegí un conjunto de satén color hueso, que tenia una especie de chaleco largo, estilo capa medieval. Cual princesa de cuento de hadas hice mi aparición en la galería de la barbacoa.

Había un pequeño gentío comiendo trocitos de salchicha criolla a la parrilla y tomando cerveza alemana en grandes copas alargadas.
El olor a carne asada me revolvía el estomago, me aleje camino al bar en busca de algo espirituoso, pedí que me llevaran una botella de Moet Chandon de una selección privada, y una tabla de quesos, a mi lugar privado lejos del ruido en una pérgola del otro lado de la gran pileta. Allí siempre estaba mi set de toallas y accesorios preparados junto a mi reposera relax, en el juego de ratán policromado.

Para la segunda botella, no había probado el queso e iba por la quinta raya, cuando Lucila vino a visitarme.

Era preciosa, su pelo rojizo brillaba al sol dándole un aspecto de fuego ardiente, sus ojos verdes parecía dos grandes esmeraldas con la luz del día y su boca era pequeña y perfecta. No había duda que Alejandro y yo nos habíamos esmerado mucho para gestarla, allí estaba el resultado de tanta practica. Lástima que también hablara.

Su perorata era una larga protesta contra alguna de las mucamas, algo tendría que ver los aullidos que había sentido cuando estaba en el baño.
--... mama, la tenes que echar, no solo revisa mis cosas, sino que es tan desagradable como aquella vieja que teníamos cuando era chica, la de cara de huevo y olor a mierda.-- decía con voz mañosa de hija malcriada.
-- Cariño, yo no tengo contacto con la servidumbre. Es Pascual, el administrador de Ignacio, el que se encarga de los contratos y despidos. Te sugiero que hables con él. --
-- Pero Ma, sabes que ese tipo no me gusta.-- protesto.
-- Mandale un e-mail.-- respondí inmutable.
-- No ves que con vos no se puede hablar. -- dijo enérgicamente y dándose media vuelta se alejo con pasos cortitos y saltarines.

Cuando caminaba así me hacia acordar a Alejando y no sabia si reír o llorar, nuestra vida en común había sido una mierda.

La mujer a la que Lucila hacia referencia en segundo termino, era una mucama por horas, que trabajaba en nuestra casa cuando ella era chica, vivíamos en San Telmo una vida rotosa y bohemia. No teníamos ni plata ni lugar para tener a alguien con cama, y esta pobre mujer llamada Adelina había caído como regalo del cielo.

Era de El dorado, en Misiones, pero ya hacia muchos años que vivía en Buenos Aires. Solía aparecerse cuando yo estaba enferma, fuera de sus horas de trabajo, para traerme un té o unas galletas. A cambio solía pedirme cada tanto usar el horno para preparar algo que llamaba Sopa paraguaya, que más que una sopa era una especie de torta hecha con harina de maíz y otras cosas.

Yo sabia que su aspecto dejaba mucho que desear, era desaliñada y sucia, usaba minifalda, a pesar de tener mas de sesenta, y unas uñas largas, con pintura violeta descascarada, que se limpiaba constantemente. El pelo teñido y escaso lo llevaba batido al estilo de los sesenta, y de los dientes mejor no acordarme.
Pero era buena, a su manera, y yo solía disfrutar de sus historias tan tórridas como floridas y tan lejanas a mi realidad como un cuento de Ray Bradbury.
había tenido un marido, allá en su pueblo, al que mataron a puñaladas cuando salía borracho de un bar. Para ella eso había sido un alivio, ya que solía golpearla. En una oportunidad hablando sobre chicos le pregunte si tenia hijos, me contó que había tenido uno pero que había muerto. En otra ocasión me confeso que estando ella a punto de dar a luz, su marido la había golpeado estando borracho, y estando ella tirada en el piso él le pateo reiteradamente la panza, el niño nació a termino pero medio muerto y según ella lo tiraron.

Se había venido a Buenos Aires con un camionero y se puso a buscar trabajo. Con los pesos que había triado pagaba una pensión de malamuerte, hasta que se quedo sin un mango. Tres días estuvo sin comer, durmiendo en una plaza, hasta que se levanto a un tipo que se la llevo a vivir con ella.
Eso había a sido mucho antes de trabajar en casa, ya que en ese momento vivía en el Padelai (vieja sede del Patronato de la Infancia), en Humberto I y Balcarce, tenia una de las pocas piezas con baño y una cocina con garrafa. No tenía gran privacidad, ya que del otro lado vivía un matrimonio con tres chicos, porque había sido una gran habitación, luego dividida por un muro de dos metros de alto, que lloraban y se peleaban constantemente. Por ella, le pagaba al que organizaba la cosa, unos sesenta pesos mensuales y el tipo la atendía bien porque Adelina era de las que pagaban siempre.
Era una mujer feliz, iba a bailar tango los domingos por la tarde, siempre tenia un hombre o dos, era libre, trabajaba, tenia su techo, su tv blanco y negro, que más.
Mujer afortunada, solía decirme que se sentía, como una gran confesión, entre mate y mate -- yo soy una mujer afortunada, no como mi vecina, o la otra que trabaja para el Negro. Yo no le doy cuentas a nadie, entiende. --
Yo en aquel entonces no entendía, para mí ella era un personaje pintoresco y con una vida muy trágica.

-- Su noble caballero parte para el mejor partido que se haya jugado en la historia, mi bella Dulcinea. -- dijo Ignacio, de punta en blanco vestido de polista, al darme un beso algo meloso.

Le desee suerte, lo vi partir, ya me sentía mal. Busque mi cajita de plata y me metí al baño para pegarme un toque. De allí al yacuzzi, me dolía todo el cuerpo y la nariz había comenzado a sangrarme.

A lo lejos la vi a Lucila charlando animadamente con unos amigos.

La imagen de Adelina, esa pobre mucama, volvió a mi mente y por un instante me pareció entender porque, a pesar de la miserable vida que llevaba, se sentía una mujer afortunada.



Graciela Mariani
1998

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